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Tapauá: 50 años construyendo Iglesia y Sociedad
Noviembre 2015








Francisco Javier Jiménez durante su etapa de misionero en Tapauá.

Testimonios personales: Francisco Javier Jiménez García-Villoslada

Nació en Pamplona (Navarra, España), en 1958. Desde 1981 es sacerdote y ha trabajado como profesor, en parroquias, formador de seminaristas y religiosos, pastoral juvenil y vocacional, secretario y prior provincial… En el 2003 cumple su sueño de ser misionero en Tapauá, donde estuvo dos años y medio.

Desde niño había querido ser misionero. Con los agustinos recoletos me fui enamorando de las misiones y fui alimentando ese sueño, que fui identificando con la Prelatura de Lábrea, porque fui conociendo misioneros de allí que nos contaban sus aventuras y hablaban maravillas de su experiencia, y porque algunos de mis amigos y compañeros más cercanos fueron destinados allí. Y por fin, tras 22 años como sacerdote, me enviaron allí. Se volvía a producir esa situación endémica de escasa continuidad y excesivos cambios de religiosos. Iba a aprender, no a enseñar: aprender de los misioneros, la gente, los pobres, los niños; dispuesto a dejarme evangelizar, a buscar a Dios en un mundo más pobre, más joven, desconocido, misterioso y difícil.

Aprendí de mis compañeros a relacionarme con la gente, a desenvolverme en la escuela y en la parroquia, a palpar la realidad y ver qué esperaba la gente de nosotros y qué podíamos ofrecerles. Procuré aceptar todo con realismo, sin decepciones amargas ni encandilamientos bucólicos.

Llegué en un momento de euforia constructora. La comunidad anterior había hecho grandes planes para dejar la parroquia dotada para el siglo XXI: Centro Esperanza, capillas de San Agustín y San José; ampliación de las salas de catequesis y de la iglesia matriz, casa de retiros “Casiciaco”.

El día a día comenzaba a las seis de la mañana con la misa y, a las siete, las clases de español en la escuela, con las que yo aprendí el portugués. Iba en bicicleta o andando para dar clase y regresaba empapado de sudor. La comida era una sorpresa y pronto me acostumbré al feijão (alubias) de cada día, al arroz y a los pescados del Purús, aunque adelgacé 16 kilos en seis meses. A las tres de la tarde, los dos primeros meses, clase de portugués con Rayma, profesora del lugar. Luego iba al aeropuerto a hacer bicicleta, porque la pista de 1,5 kms. era la única superficie donde pedalear sin cuidado de los niños, baches, motos, bicis, perros…

Me llamó la atención la participación de la gente: los niños de la infancia misionera, verdaderos protagonistas y misioneros; los líderes de las comunidades, cómo se involucraban en las fiestas; los consejos parroquiales a fin de mes, sin fallar, muy participativos y con muchas iniciativas; los consejos de las comunidades; la novena de Navidad, la Campaña de la Fraternidad en Cuaresma.

Otro descubrimiento impactante fue la organización política, muy parecida a un sistema feudal. El alcalde es como el padrino que manda, hace y deshace; contrata a quien le da la gana para cualquier trabajo… El ayuntamiento es la única empresa, con miles de empleados. Es un voto cautivo: si no votan al alcalde, se quedarán sin trabajo. Por eso la campaña electoral es tan sucia. En el año 2005 hubo pucherazo, irregularidades, compra de votos, amenazas, violencia… El alcalde dijo en la radio que ahora “iba a favorecer sólo a sus amigos, a los que le habían votado”. Lo escucharon mis oídos, entre asombrado y asustado, sorprendido e indignado.

La situación religiosa era sorprendente: dividida en dos bandos, católicos y evangélicos, mitad y mitad, con competencia, a veces desleal, entre unos y otros. Hay muchísimo influjo, presión y cambio de iglesia: la gente pasa de una a otra con suma facilidad, sin fidelidad ni compromiso. Algunos católicos se enamoran y la pareja le obliga a ir a su iglesia evangélica para seguir juntos.

La Navidad apenas se celebra, sólo un poco la nochebuena y la novena Navidad en familia, que se celebra por barrios y es una fiesta sencilla pero hermosa de unión de lazos vecinales y familiares. La Semana Santa tampoco tiene excesivo realce. Al inicio de la cuaresma los jóvenes católicos y algunos evangélicos se unen en un retiro llamado Carnaval con Cristo, para huir de la seducción del carnaval civil, cuya magia llega hasta la selva. Es notable la escenificación de la Pasión el viernes santo, que representan con calidad y entrega los jóvenes de la pastoral juvenil.


Representación de la pastoral juvenil en el Viernes Santo.


Cuando se inauguró el Centro Esperanza vino el gobernador del Amazonas y los políticos locales y regionales quisieron sacar tajada. No quisimos vernos envueltos. Hicimos la inauguración religiosa y sólo asistimos al inicio de la celebración con el gobernador, para darle la bienvenida.

Las líneas pastorales estaban fijadas por la Prelatura: las comunidades de base eran la opción fundamental. Se reúnen cada semana para la novena, la Eucaristía, organizar sus actividades y preparar y celebrar las fiestas de su patrón, con la colaboración de otras comunidades. Había un planteamiento en la línea de la teología de la liberación y de rechazo a la espiritualidad carismática, más sentimental, menos racional y con métodos parecidos a los evangélicos.

Se quería incentivar la participación y responsabilidad pastoral de los laicos; especial cuidado de la infancia y adolescencia; visitas a los enfermos, ancianos, encarcelados (con el compromiso evangelizador de la Legión de María); atención progresiva a la pastoral matrimonial, por los peligros de infidelidad y de ruptura de la convivencia y cambios de parejas.

Una novedad que se introdujo fue la eucaristía en cada comunidad de la ciudad durante la semana. Antes eran en la matriz a las seis de la mañana con poquísimas personas. Acordamos que cada día se celebrara en una comunidad distinta, y participaban más de 30 habitualmente. Faltaba mucho por consolidar, pero la devoción y el aprecio a la Eucaristía iba in crescendo, en un pueblo poco acostumbrado y muy descuidado en ese aspecto central y que, viviendo en las caucherías y seringales, había mantenido la fe a base de la devoción a los santos.

Los tapauenses destacan por su familiaridad, hospitalidad, acogida. No cuesta hacerse amigo de ellos. Te abren la puerta, los brazos y el corazón. Se hacen y se dejan querer. Les cuesta comprender a gente llegada de lejos, con otra cultura, educación, costumbres, lengua. Y a nosotros nos cuesta adaptarnos, entenderles, aceptarles como son, con sus valores y sus limitaciones. Existe el peligro de querer “convertirles”, que aprendan mi forma de ver las cosas, cuando nosotros vamos a aprender y ellos tienen mucho que dar, enseñar y transmitir.

Son un pueblo muy joven, casi adolescente, con ganas de crecer. Es hermoso, esperanzador. Dar clases en la escuela te permite conocer y ser conocido por la mayoría de los chicos y sus familias. El Centro Esperanza ofrece encuentro y relación, apostolado, un areópago para la evangelización.

Uno de sus mayores logros es la educación: de ser un pueblo analfabeto hemos pasado a unos jóvenes cada vez más y mejor formados, que en cuanto pueden se van a Manaos o al sur de Brasil a buscarse la vida. Antes era imposible e impensable: sólo los hijos de comerciantes y políticos podían darse ese lujo. Los programas de becas escolares y de ayudas familiares del gobierno de Lula da Silva mejoraron mucho la situación de las familias más pobres y necesitadas.

Es una Iglesia con pocas tradiciones, con mucha música, deseos y creatividad, con ganas de ser protagonistas de su futuro. Aman la Iglesia, la sienten suya, colaboran, participan. El diezmo es una de las conquistas: compromiso de fe con Dios y con mi Iglesia; y dan realmente el diez por ciento de su salario, a veces minúsculo.

Fuera del Amazonas, la misión tiene gancho y atractivo. A veces podemos pecar por un desconocimiento que lleva al idealismo, aventuras heroicas, lejos de la vida rutinaria y estresante de occidente. Pero se ha ido perdiendo ese concepto y esa imagen entre los frailes. Tampoco se aprecia el mismo entusiasmo misionero, lleno de voluntad, generosidad y disponibilidad. Incluso algunos religiosos ven con desconfianza y recelo ese trabajo: “la verdadera misión está en Europa, allí los misioneros viven como reyes, hacen lo que les da la gana, cosas que en otros sitios no se puede”, suelen decir algunos, no sé si con suficiente información y objetividad.

Gracias a Dios, siempre hay religiosos que apoyan con su oración y recuerdo, sus detalles (una llamada, una carta, un correo electrónico, una colecta, un gesto). Sentíamos el apoyo, tanto del consejo provincial, como de los ministerios; algunos bien pequeños como Barillas y Tulebras (Navarra), que aportaban cantidades pequeñas pero valiosas, como las de la viuda del evangelio.

Por parte de la familia los mayores problemas eran la distancia y la incomunicación. Solo a comienzos del siglo XXI llegó el teléfono e Internet, aunque muy lento y con muchas averías. Nos pusieron en contacto con el mundo. La familia sufría en silencio esa ausencia, pero sentíamos su apoyo, su admiración, su presencia orante y cariño sustentador. Es uno de los puntales del misionero. Y se notaba la satisfacción, orgullo y admiración que sentían por nosotros.

Mucha gente, algunos conocidos y muchos desconocidos, apoyaban la labor. Las monjas recoletas con su oración continua, generosa, silenciosa, fecunda, doliente y evangelizadora. Los ministerios sensibilizados, que siembran espíritu misionero entre los fieles. Los voluntarios, que comenzaban a acercarse a ese mundo desconocido y misterioso.

En mi vida religiosa y personal, Tapauá ha significado un antes y un después. Tenía necesidad de esa experiencia, a pesar de que se me hizo corta. Aprendí, lloré, sufrí, gocé, maduré y crecí mucho. Me despojé de cosas y adquirí y aprendí otras nuevas. Mi fe creció entre los pobres. ¡Qué ejemplos de entrega, de fidelidad a Dios, de fe auténtica, de sentido cristiano de la vida, de esperanza, amor, generosidad! Me ayudó a valorar la comunidad, imprescindible para vivir como recoleto; a querer y valorar al hermano, a pesar de sus deficiencias y fallos. A darme a los demás con más generosidad. A vibrar con una Iglesia más joven, aprender todo en un contexto muy diferente al de siempre. Fue duro y, a la vez, enriquecedor. Tienes que aprenderlo todo y eso supone dificultades, paciencia, choques, pero es muy positivo. Te abre la mente, te ensancha el horizonte, te dilata el corazón. Te hace crecer, ver las cosas de otra forma, con nuevos ojos.

Sé que la vida no es fácil por allí. Hay problemas, obstáculos políticos, sociales, geográficos, laborales, culturales… Pero Tapauá y su gente tienen todo el futuro por delante. No pueden presumir de pasado, pero tienen mucha historia por delante para construir. Tienen el tesoro de la juventud, que permite soñar, que da fuerzas y capacidad para resistir y superar las dificultades.  Les animo a crecer y a consolidarse como sociedad; a ir ganando estabilidad y credibilidad social y política. A ir combatiendo errores, abusos, lacras, privilegios. A ir adquiriendo y reivindicando sus derechos, mayor justicia, una educación de mayor calidad, mejor sanidad, una más justa distribución de las riquezas, mayor libertad, mayor autonomía, mayor independencia.

Son un pueblo muy religioso. En Cristo tienen el camino, la verdad y la vida. Que no se dejen, que no permitan que nadie les lleve por otros caminos que degradan la dignidad, que perturban la paz, que perjudican a los demás, que destrozan la familia, que impiden el desarrollo. Que crezcan en tolerancia, en aprecio de los valores del otro, en respeto, en amor a la verdad, en hacer juntos proyectos a favor de los niños, de los jóvenes, de los enfermos y de los más pobres.

Felicito a la parroquia de Tapauá por sus bodas de oro. Desde aquí parece que no es nada; desde allí es toda una vida, vivida muy aprisa e intensamente. Les invito a que valoren su pasado: el esfuerzo de los que les llevaron la fe, lucharon por crear esa Iglesia, dejaron su vida sirviéndoles. Que disculpen los fallos y sean generosos en su perdón y aprecio de quienes hemos pasado por allí y se queden con lo bueno (algo habrá, aunque el bien no hace ruido) y olviden lo malo.

Que aprendan de ellos a ser solidarios, altruistas y caritativos, a no cerrarse en sus propios intereses sino a buscar el interés de Cristo y el de todos. Que crezcan en madurez y responsabilidad, en buen uso de la libertad, en profesionalidad, en formación. Que no pierdan sus valores, su alegría, su sencillez, su espontaneidad, la sonrisa envidiable de los niños, su hospitalidad, su laboriosidad, su capacidad de sacrificio y de sufrimiento. Que aspiren a ser todo lo que Dios quiere que sean, todo lo que ha soñado para ellos.



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