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Tapauá: 50 años construyendo Iglesia y Sociedad
Noviembre 2015






Monumento de los 25 años de la Parroquia y estado de la iglesia matriz en 1990.

Testimonios personales: Juan Cruz Vicario

Nació en Pradoluengo (Burgos, España), en 1960. En 1984, casi dos años después de su ordenación, llegó al Amazonas, donde ha vivido 25 años, nueve de ellos en Tapauá, divididos en dos etapas distintas.

Desde niño había soñado con las misiones y pedí al provincial vivir en las misiones, sin preferencia por ninguna. Me mandó a Lábrea, ¡qué felicidad! Cuando llegué, solamente en Lábrea vivían tres frailes; en Pauiní, Canutama y Tapauá había dos. Por lo visto, a los superiores anteriores les parecía normal, ya que decían: ¿y qué van a hacer tres frailes en Tapauá?

En la reunión anual de los obispos de Brasil, Florentino Zabalza, obispo de Lábrea, comentó que tenía que hacer los papeles para un misionero de 23 años: era yo. Los obispos le tomaron el pelo diciendo que no podía llevar “bebés” a las misiones y que le iban a denunciar a la policía.

Antes de llegar, me imaginaba lo que los misioneros nos contaban: una vida de entrega al servicio de la gente; mucha lucha y entrega, mucho trabajo en situaciones difíciles. Al llegar, lo que había imaginado me valía muy poco. Mis esquemas mentales, éticos, morales, no me servían. Fue un choque psicológico impresionante. Tuve que cambiar completamente mi forma de pensar y de actuar en una realidad que no tenía nada que ver con la que había vivido en mi formación. La pastoral me sonaba a chino: indigenista, de la tierra, comunidades de base, asesoría y apoyo a movimientos populares…. Tuve que aprender a trabajar en el Reino de una forma diferente.

Llegué a Tapauá en un momento difícil: uno de los misioneros volvía a su Provincia de la Orden; el otro trabajaba en el río. Así que tuve que comenzar de cero, sin un trabajo organizado. Todo dependía de la iniciativa personal. En aquella época en la zona urbana de Tapauá vivían unos 5.000 habitantes, y en el interior unos 14.000. El provincial del momento sí tenía claro que era fundamental tres religiosos en cada comunidad. Enseguida nos juntamos tres, aunque por motivos pastorales nunca estábamos juntos. Ciertamente las circunstancias habían mejorado.

Al comienzo me dediqué a conocer a la gente, visitar las familias y hacer comunidad. Estaba la matriz de Santa Rita y la capilla de San Agustín en el barrio de Açaí. Hicimos la capilla de San José en el barrio de Mutirão con las maderas traídas de la antigua capilla de Cariocanga, una comunidad rural ya sin gente por la emigración.

En esta primera fase trabajamos mucho con círculos bíblicos y grupos de novena, con la intención de formar pequeños núcleos de oración donde los vecinos se reunían para leer la Biblia. Esto, con el tiempo, daría lugar al surgimiento de las futuras comunidades de base de Aparecida y San Juan, ambas dentro de barrios de la zona urbana.

También hubo encuentros con los líderes de los pueblos indígenas para apoyarles en la lucha por recuperar y mantener sus tierras. Fue el comienzo que más tarde dio origen a toda una organización de los pueblos indígenas del medio Purús y que hoy día tiene mucha fuerza.

Los 25 años de la fundación de la parroquia fue un hecho importante. El acto oficial fue el 22 de mayo. Los religiosos, con el alcalde, algún concejal católico y feligreses, inauguraron un monumento de un artesano local, que estuvo en la plaza hasta que remodelaron la iglesia.








Juan Cruz Vicario durante su etapa de misionero en Tapauá.

Durante mi segunda etapa fue muy trágica la situación política. El alcalde, Ocimar Lopes de Souza, nos perseguía a los frailes, que nos oponíamos a sus desmanes. Los pastores evangélicos estaban en sus manos a cambio de dinero público para construir iglesias o sus gastos personales. Alrededor de la Iglesia Católica se juntaron quienes lucharon pacíficamente para liberarse de ese dictador. Por otro lado, adversarios fuertemente armados le prepararon una emboscada para matarlo, pero solo consiguieron herirlo. El alcalde sí asesinó a varios de sus adversarios.

Fruto de años de formación y de poner a los laicos como protagonistas de la misión, hubo un resurgir de los servicios pastorales. Era una iglesia alegre, joven, comprometida, entusiasmada por testimoniar la presencia de un Dios vivo. Los católicos vivían su espiritualidad, habían vestido la “camiseta” dando respuesta a los evangélicos que siempre los criticaban y se mofaban de ellos. ¡Y yo estaba encantado de vivir en esa iglesia!

Fueron también años de construcciones: el santuario de Nuestra Señora de Aparecida; la ampliación de la matriz y el segundo piso de las salas de catequesis; la reforma del salón parroquial; el nuevo Centro Esperanza y su cancha multiusos; la nueva capilla de San Agustín y reforma de sus salas comunitarias; reconstrucción de nueva planta de la capilla de San José y salas de catequesis. Se hicieron pozos en Aparecida, San Juan y San Agustín. Y se hizo Casiciaco en el lago Jacinto para centro de formación y retiros. Con todo ello quedó una infraestructura amplia, robusta y que da un gran servicio a las necesidades pastorales y sociales que atiende.

En cuanto a la construcción “espiritual”, trabajamos con las orientaciones de la Iglesia de Brasil: Comunidades Eclesiales de Base, insistencia en el equipo de visita a las familias; Pastoral de la Tierra, apoyo a los trabajadores rurales para que nos les quitasen ni sus tierras ni sus lagos; Pastoral Indigenista, apoyo incondicional a estos pueblos frente a una cultura anti-indígena, que siempre dio grandes disgustos e incluso provocó el asesinato de la hermana Cleusa, en Lábrea; y apoyo a los movimientos populares contra las injusticias y en defensa de los derechos humanos.

También trabajamos en la formación de laicos para que asumieran la pastoral. A partir de 1995 se reforzaron la Pastoral de la Infancia (Criança) y la Pastoral del Menor, con el Centro Esperanza. En el siglo XXI se puso énfasis en la Pastoral de la Comunicación con la Radio Educativa de Tapauá, que es una forma extraordinaria de evangelización y de superar distancias y soledades.

En las vacaciones con la familia y con las comunidades religiosas en otras partes del mundo, siempre noté entusiasmo. Me llamaban para que diese una charla, para que predicase. Una cosa curiosa: cuando llegué a Brasil, en vacaciones íbamos predicando y pidiendo por las parroquias como único ingreso; algunos daban clase... El obispo tenía pocos recursos para alimentarnos.

Nuestros familiares vivían con mucha incertidumbre. Procuraba no contar muchas cosas sobre nuestro día a día para no alarmarles. La comunicación se hacía por carta, muy lenta. En Tapauá tuvimos el teléfono en casa solo con el nuevo siglo. Por otro lado, la familia también vivía nuestro trabajo con satisfacción, ha compartido nuestras tareas y me ha apoyado siempre.

Tapauá tiene una población inteligente, creativa, viva, acogedora, feliz a pesar de los muchos problemas. ¡Me sentía en casa! Asumen su responsabilidad como pueblo de Dios, saben que ellos son la Iglesia, no el fraile de turno; claro, siempre que se les dé la oportunidad de ser corresponsables en la construcción de una sociedad con valores cristianos. La gente de Tapauá me ha ayudado a vivir mi consagración en clave profética, ya que, estando a su servicio, me ha tocado anunciar el evangelio y denunciar las muchas injusticias que se cometen contra ellos.

En mi vida personal me he sentido completamente realizado y feliz allí. He dado todo lo que sabía, he compartido mi vida, mi juventud con ese pueblo, he recibido una filosofía y un estilo de vida que me ha enriquecido y me ha convertido en lo que soy.

Ojalá que los tapauaenses vivan intensamente su aniversario parroquial como un momento en el que el Dios de la Vida se hace presente para recordarles los orígenes de la parroquia, su historia y, de esta forma, iluminar el futuro. Que siempre tengan presente que ese Dios Itinerante está caminando a su lado para acompañarles, alegrarles y hacer sentir su presencia.





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