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Tapauá: 50 años construyendo Iglesia y Sociedad
Noviembre 2015




Francisco Piérola en sus tiempos de misionero en la Prelatura de Lábrea.

Testimonios personales: Francisco Piérola

Nació en Mendaza (Navarra, España) en 1939 y es agustino recoleto desde 1959 y sacerdote desde 1963. Llegó a Brasil tras seis años de atención pastoral en Chiclana de la Frontera (Cádiz, España), y tras unos meses en Tapauá fue destinado durante 11 años a Lábrea.

A la misión del Amazonas brasileño llegué como voluntario después de seis años en Chiclana de la Frontera (Cádiz, España), donde viví un tiempo muy rico en todos los sentidos. Supuso un gran choque llegar a la misión, donde se me cayó el sombrajo a los pies… Calor, idioma distinto, frialdad de la gente, ni televisión, ni moto, ni barco, ni una bicicleta, con la fuerte impresión de estar perdiendo el tiempo sin saber qué hacer durante muchas horas… Fue la primera escuela que me enseñó a vivir y a ver hasta qué punto el ser humano se degrada.

Las necesidades de la parroquia eran inmensas: no tenía ningún sacerdote; el último había dejado el ministerio. Y a nuestra llegada no tenía ningún laico comprometido. Al principio solo observaba, callaba y pensaba qué se podría hacer. La prelatura estaba sin obispo, con un vicario general que “nada de nada”, sin un plan pastoral. Esa fue la verdadera realidad que encontramos, nada de contar mentiras piadosas.

Las expectativas se ampliaron, y mucho, con un liderazgo seguro y respetado por todos, un plan de pastoral al que atenernos y, sobre todo, una gran cantidad de comunidades de base y muchísimos lideres laicos. ¡Dios premie al humilde obispo Florentino Zabalza, su interés y entrega hasta el final de sus fuerzas!

Tapauá era una ilustre desconocida para mí. Antes de llegar no me había parado a imaginármela. Al llegar, vi que era una difícil realidad; después entendí que era mucho peor aún que en aquella primera impresión. Y ahora en 2015, dicen algunos que la conocen, que está peor todavía.

Cuando llegué había unos 700 habitantes en la ciudad y otros quince mil en el interior. Nada concreto nos mandaron hacer y tuvimos que ir inventando “cómo ocupar el día”. Surgió una idea curiosa: los tres recoletos (Miguel Ángel González, Jesús Moraza y yo) nos comprometimos a estudiar unos temas y después formar a nuestros compañeros en lo que habíamos estudiado cada uno, una vez por semana. Miguel Ángel estudió los documentos de la Conferencia episcopal brasileña; Moraza se centró en enfermedades tropicales; y yo Historia de la Salvación.

También quisimos comenzar con las desobrigas. Miguel Ángel pasó quince días en el río; Moraza tuvo que ir a Lábrea; y yo me quedé solo y, para colmo de males, con malaria, con una fiebre de caballo, sin una medicina… Cuando menos lo esperaba, a eso de las dos de la mañana, escucho unos golpes en la pared de la casa… ¡era Miguel Ángel! Volvía dos días después pues el lugar a donde iba estaba cubierto por diez metros de agua; allí solo vivía gente en verano.

Esta pequeña anécdota condiciona aún hoy la realidad de Tapauá. Cequiña era un pequeño comerciante de la desembocadura del Tapauá; otro comerciante quería hacerse con sus feligreses y no tuvo otra idea que matarle. ¿Cómo? Convenció a unos indios que morían de sarampión que el espíritu malo de Cequiña les mandaba malos espíritus. Y ¿qué tenemos que hacer?... Matar a Cequiña y a toda la familia y así acabar con los malos espíritus.

Los indios, de noche, invadieron la casa. Él consiguió huir, pero no la mujer y los hijos. No voy a contar el miedo que produjo aquello, ni cómo la policía prendió a los indios para descubrir quién era el responsable de esta masacre. La policía reconoció que los indios habían sido engañados, los obligó a vivir en la ciudad de Tapauá y un día aparecieron en un barco cargados de armas.

La gente de la ciudad, también armada, les obligó a irse y finalmente se fueron a vivir detrás del pueblo, en el riacho San Juan. ¡Pánico! Días y noches vigilando, la parte de atrás del pueblo, pero nada pasó. Los indios siguen viviendo allí pacíficamente.

Otra historia es la matanza de los Jumas. Unos blancos de Tapauá, para quedarse con sus tierras, exterminaron toda la tribu, quedando un resto de unos seis, que el agustino recoletos José Luis Villanueva y alguno más, visitó.

Para ser breves y no engañarnos, en la ciudad nada había organizado. Un alcalde hacía lo que quería. Se quedaba con el dinero, y la gente callada… Eran años en los que quien se quejaba era considerado comunista y ¡cuidado con la teología de la liberación! Todo se hacía en nombre de la seguridad nacional… y la inseguridad de los nacionales.

Pero la misión del Amazonas me ha hecho conocer y seguir a Cristo, conocer la realidad de la gente más sencilla. Estas dos cosas, acompañadas de muchas lecturas han dado sentido a mi vida, un sentirme bien y a la vez “indignado” con la realidad.

Finalmente, quiero contar una historia que para la misión de Lábrea supuso un antes y un después, una planta que un día fue plantada y sus frutos continúan hasta hoy. En torno a 1977 vino a visitarnos Rómulo Ballesteros, vicario general de la Diócesis de Vitoria (Espíritu Santo, Brasil), iglesia hermana de la Prelatura. Era gran benefactor de la misión, de las misioneras agustinas recoletas y de la Iglesia. Yo me quedé impresionado: ¡un vicario general! Cuál fue mi extrañeza cuando llega un sacerdote pequeño de estatura, flaco y discreto, humilde, que se quedó con nosotros unos veinte días.

Un día, feliz día, le pedí que me acompañara a una comunidad rural. En el camino le dije:

“Vamos a hacer una reunión. Aquí la gente nunca se reúne si el sacerdote no está, y eso pasa una vez por año. En Vitoria la gente tiene cultura, aquí son analfabetos; en Vitoria tenéis muchas comunidades que todas las semanas se reúnen, pero aquí es imposible por su incultura. Quiero que me diga la verdad sobre lo que va a ver, lo bueno o malo que haya“.


Cuando llegamos, subimos el barranco hasta la comunidad. Yo abrí la puerta de la capilla, yo toqué la campana, yo di unas palmadas para entrar, yo me coloqué al frente y la gente se sentó, yo hice la señal de la cruz, yo dirigí la oración, yo di unos avisos, yo cerré la Iglesia y volvimos. De nuevo en la canoa, me dirigí al P. Rómulo:

— ¿Qué le pareció la reunión?

— Francisco, ¿quieres que te diga lo que me pareció? Mira, tú abriste la puerta, tocaste la campanilla, leíste el evangelio, etc. Ese es el fallo. ¿Ellos no saben hacer nada?

— Aquí la gente es analfabeta, muy vergonzosa, tienen miedo a todo; esos inconvenientes no los tienen en Vitoria.

— Pero Francisco, alguna cosa sabrán hacer. ¿No saben rezar un rosario?

— Tanto como un rosario saben, pues lo hacen en sus casas.

— Entonces que recen un rosario y anímeles a hacerlo todas las semanas en comunidad, ellos solos, venga o no venga el padre. ¿Sólo eso pueden hacer? Están haciendo el cien por ciento…


Yo escuché todo esto como algo tan simple, pero me di por enterado. Rómulo volvió para Vitoria. Cuando llegó el día de volver a la comunidad a la que fui con él, pedí luz al Espíritu Santo, llegué, toqué la campana y la gente fue llegando en sus canoas y fuimos entrando y yo me coloqué entre ellos y les dije que ellos tenían que hacer la reunión; yo estaría rezando con ellos.

— P. Francisco, nosotros no sabemos hacer nada, hágalo usted como siempre.

— ¿No saben hacer nada? Rezar el rosario sí que sabrán.

— Bueno, eso sí sabemos.

— Pues entonces alguien salga y dirija el rosario.


Tardó, pero doña María se colocó delante de todos para rezarlo.

— P. Francisco, yo lo voy a rezar pero como en mi casa: primero entono un bendito, otro al medio y otro al final.

— Estupendo, doña María.


Doña María entonó el bendito, rezó el rosario…

— ¿Vieron cómo sabían hacerlo? Entonces, ¿el próximo día lo podrían hacer solos?


Y así fue. A partir de ese día se reunieron todas las semanas sin el sacerdote. Hicimos la misma propuesta a todas las comunidades. A los dos meses ya eran bastantes las que se reunían solas una vez a la semana. El tiempo fue pasando y el obispo liberó de la parroquia a Jesús Moraza para, viviendo en un barco, visitara todas las comunidades y expusiese el modo de reunirse sin sacerdote. Después de un tiempo descubrió que todas las comunidades estaban reuniéndose.


Francisco Piérola, a la izquierda, gestiona actualmente un proyecto de casas comunitarias en Guaraciaba do Norte, Ceará, Brasil. Entrega de una de las casas a una familia.

Con el tiempo se hizo un folleto con los evangelios del domingo, preces, algún canto, para las comunidades más avanzadas. Luego se comenzó a reunir a los dirigentes de cada comunidad, para recibir formación durante unos cinco días. Sin darnos cuenta, la prelatura había ganado otro rostro, teníamos mucha más gente haciendo algo como Iglesia. Fruto de este movimiento comenzaron los sindicatos rurales, aumentó el empeño en la defensa de los indios y otras cosas que no hubiéramos aceptado si nuestra mentalidad hubiera sido la anterior a aquel “día feliz”.

Y pasaron muchos años. Coincidí con cierto obispo en un retiro espiritual y comenzó a contarme cómo cuando era sacerdote estuvo en Lábrea en una asamblea de los misioneros, y allí descubrió lo que Rómulo nos hizo descubrir y había revolucionado la prelatura. “Yo volví a mi parroquia y a partir de ese momento todo cambió, y te puedo decir que mi trabajo pastoral como sacerdote y obispo no ha sido otra cosa que desarrollar aquella intuición. Por eso te digo que muchas gracias, pues entre vosotros yo vi aquella luz”, me dijo.

Que el Espíritu Santo sea nuestro guía.


Testimonios personales
Cenobio Sierra


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