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Tapauá: 50 años construyendo Iglesia y Sociedad
Noviembre 2015


Eneas Berilli en sus tiempos como misionero en la Prelatura de Lábrea.


Eneas Berilli en el capítulo general en Roma (Italia), 2010.

Testimonios personales: Enéas Berilli

Enéas Berilli nació en Muquí (Espírito Santo, Brasil) en 1936, es agustino recoleto y fue ordenado sacerdote en 1962. Llegó a la misión de Lábrea al año siguiente; primero sirvió en Canutama y después en Tapauá entre abril de 1966 y diciembre de 1969, para después continuar sirviendo al pueblo de Dios en las zonas sur y sureste de Brasil. Fue prior provincial de la Provincia de Santa Rita durante doce años.

Fuimos destinados a Lábrea por una decisión del primer capítulo de la Provincia de Santa Rita en 1963. El acta IV decía: “Que el provincialato mande inmediatamente a la Prelatura de Lábrea suficientes misioneros, bien preparados y animados de verdadero espíritu apostólico”. La razón más urgente era la falta de misioneros. Canutama y Tapauá tenían tan solo un misionero en cada una. El prior provincial, José Gonçalves, solicitó nuestra presencia en las misiones.

Aceptamos con mucha alegría, dispuestos a ir a cualquier parte. Por la urgencia de la situación, partimos inmediatamente y llegamos a Lábrea el 6 de octubre de 1963, yo con apenas un año de sacerdote y siete de vida religiosa. En Lábrea, tras un tiempo de adaptación al clima y a los mosquitos, nos dieron el primer destino: yo iría para Canutama.

En diciembre de 1963, el agustino recoleto Cassiano Amorim y yo hicimos la desobriga entre Lábrea y Canutama, donde yo me quedé, pues Isidoro Irigoyen estaba de vacaciones en España. Pasé mi primera Navidad en las misiones con Augusto en Canutama y luego él continuó para Tapauá en enero, donde sería el compañero de Victório Henrique Cestaro.

De aquellas tierras solo teníamos alguna noticia cuando venía algún misionero a participar de reuniones o hacer campañas de sensibilización; nos contaban los esfuerzos y aventuras de sus desobrigas y viajes por los ríos, las enormes distancias, las dificultades por las que pasaban. Pero por mucho que alguien cuente su experiencia en el Amazonas, cuando se llega allí es algo impresionante, desconocido: la selva y los ríos con su anchura, la diferencia entre el tiempo seco, con el Purús con seis metros de profundidad, o en el tiempo de lluvias, que sube a 23.

Nuestra expectativa era de mucho trabajo, de muchas carencias en todos los aspectos: casa, distancias, enfermedades, falta de escuelas y médicos, hospitales dejados de la mano de Dios… No era para desanimarse, al contrario, la voluntad de los misioneros era la de arremangarse y trabajar por el Reino de Dios con gran placer, sabiendo que llevábamos esperanza a aquel pueblo.

En Canutama viví el proceso de construcción de la iglesia y la casa parroquial; en Tapauá no había ni casa ni iglesia. Desde Canutama podía conocer todos los acontecimientos de Tapauá por las visitas de Victório. En marzo llega a la Prelatura el religioso agustino recoleto Francisco Eugênio, que es enviado a Canutama para que yo fuese a Tapauá, adonde llegué el 3 de abril de 1966.

El objetivo era dar continuidad a las obras de la casa, a lo que di preferencia durante cinco meses trabajando todos los días hasta bien entrada la noche. En julio pudimos inaugurar la casa nueva, circunstancia en la que estuvieron por primera vez en Tapauá las misioneras agustinas recoletas, entre ellas la venerada Cleusa, que pasó una semana de convivencia amiga con los Apurinã.

La casa tenía la parte inferior de ladrillo con los espacios comunes. La parte superior era de madera, con un espacio techado alrededor para evitar el sol en las paredes y suavizar el clima. En aquel tiempo se distribuyó en tres cuartos, una sala de estar, una sala de entrada y una sala para guardar ropa. Una escalera baja desde la sala principal hasta la cocina, comedor, baño, despensa y patio frente a una gran área de selva libre. El tejado estaba hecho con amianto pintado, dado que era necesario impermeabilizar el edificio en una zona de lluvias fuertes y constantes.

Cuando acabamos la construcción de la residencia decidimos que era hora de comenzar la iglesia matriz definitiva. Con la estructura metálica que había enviado el obispo José se había intentado la construcción y ya había una excavación frente a la capilla antigua. Pero una columna de hierro de aquella estructura había sufrido una curvatura importante por un accidente, y en Tapauá era imposible enderezarla. Por eso decidimos que no se utilizaría.

Tras venderla en Manaos, compramos ladrillos de cuatro agujeros, cemento, hierro, tablas y tejas. Enseñamos el diseño al ingeniero de la residencia de Lábrea y le dijimos que nosotros dirigiríamos de obra, porque en Tapauá nadie sabía nada de albañilería. Nos dio consejos sobre los cimientos, sobre cómo humedecer los ladrillos antes de colocarlos y recubrirlos.

Buscamos arena y piedras en el río antes de que las aguas subiesen e impidiesen hacer esas tareas durante los siguientes seis meses. El padrino de la parroquia, Vitorino Marques, colaboró con el envío gratuíto desde Manaos de todos los materiales y pagó la aduana que entonces había.

Toda la población, y especialmente los niños, colaboraron en la descarga. Los pequeños, como hormiguitas, consiguieron hacerlo en un día, cuando muchos decían que tardaríamos por lo menos una semana. Fue un día memorable y de gran alegría para todos, y hasta hubo cohetes.






Primera y única visita del obispo José Álvarez a Tapauá.

Nos arremangamos y comenzamos las obras. Teníamos dos ayudantes, un padre y un hijo que estaban en la cárcel y que conseguimos liberar haciéndonos responsables de ellos ante el alcalde y la policía. Comenzamos trasladando los objetos de culto hasta la Escuela Dom José Álvarez, que durante las obras funcionó como templo y escuela, y desmontamos la capilla vieja para construir en ese solar la nueva iglesia.

Victório y yo nos alternábamos entre las obras y los demás trabajos de la misión. Al principio habíamos diseñado una capilla de 10 x 20 metros; pero a petición del obispo añadimos tres metros más de fondo para la sacristía, y así se aprovechó la altura sobre la ladera para hacer debajo una gran sala de catequesis.

Cuando llegó el momento de hacer el tejado, necesitamos gran cantidad de madera y contratamos un grupo de hombres, que junto conmigo permanecieron casi un mes en la selva cortando. Aprovechamos un árbol que ya estaba caído y cortamos otro, de manera que obtuvimos tres grandes piezas, dos de 11 metros de largo y otra de ocho metros. Serramos todo a mano en el lugar y lo preparamos para ser trasladado hasta la obra en un barco.

Las ventanas basculantes, el hierro y el cristal se compraron en Manaos y se enviaron hasta Lábrea. Con una máquina de soldar de la Prelatura, corté y soldé cada ventana, y luego las envié hasta Tapauá. La obra quedó hecha en prácticamente un año y medio.

En ese tiempo también instalamos la energía eléctrica. Al principio habíamos comprado un generador de 6,5 KVA capaz para la iglesia, escuela, plaza, ayuntamiento, casa de la comunidad y la casa de un comerciante que compartía los gastos de combustible. Cuando fuimos a Manaos para registrar la escuela Dom José Alvarez en la Secretaría de Educación y pedir material escolar, también nos dirigimos a la compañía de electricidad para pedir cables, aislantes, postes y lámparas, con el compromiso de iluminar la calle principal. La Compañía sirvió los materiales.

Cuando llegué a la Prelatura todo era para mí novedad, estaba dispuesto a todo, a enfrentar desde la juventud todos los desafíos que se pusiesen por delante. Tapauá era una misión nueva, con todo por hacer, con más o menos 800 habitantes y 150 niños en la escuela. Cuando terminaban la primaria, no tenían nada que hacer. La malaria era frecuente, casi una epidemia, la “fiebre negra” diezmaba a las familias y asustaba a todos.

Una parroquia que comienza no tiene casi nada, falta todo; la atención era sacramental y en las desobrigas dábamos una pequeña catequesis al caer la tarde, con las confesiones y el rosario, dado que la liturgia no permitía la misa nocturna.

En cuanto a la educación, en 1966 empezamos un curso especial de profundización en las principales materias: portugués, matemáticas, historia, geografía, ciencias, moral, educación cívica y religión. Creo que fue muy provechoso para el avance de los niños en la escuela.

En 1967, aprovechando que dos jóvenes alumnas tuvieron muy buenas notas el curso anterior, y a falta de profesores cualificados, tomé la iniciativa de alfabetizar un grupo de unos cuarenta niños para que posteriormente las dos jóvenes continuasen enseñándoles. Para nuestra sorpresa a los seis meses los niños ya sabían leer y escribir. En 1968 incluimos a un grupo de apurinãs interesados en aprender portugués. Aunque algunos desistieron, otros concluyeron con provecho. La educación, como prioridad, promovió la ciudadanía entre los más jóvenes.

Era el tiempo de los desfiles escolares, con uniformes donados por la parroquia, y que eran una de las principales atracciones para la población. Cuando llegó el primer provincial que hizo la visita a la comunidad, Agostinho Belmonte, fue recibido por uno de estos desfiles, que incluyó discursos, poesías y canciones. Encantó a todos. La escuela Dom José Alvarez mostraba que tenía vida.

Los animados grupos de jóvenes tenían su punto fuerte en la catequesis, la frecuente asistencia a la eucaristía y el campeonato de fútbol, la atracción de los domingos. Por la mañana rezábamos el oficio y celebrábamos la misa, y por la noche rezábamos el rosario con el pueblo.

Cuando llegué no había ni médico ni hospital. La malaria era una epidemia: llegué en abril y en julio ya pasé la primera malaria. La fiebre negra o mal de Lábrea comenzaba con una pequeña fiebre el primer día, pero al tercero la muerte era segura. Esta enfermedad trajo a Tapauá al doctor Jorge Boschell, colombiano, descubridor de la fiebre amarilla silvestre. Residió varias veces en la casa de la comunidad mientras investigaba. Al principio él mismo creía que estaba causada por unos hongos en la harina de mandioca, que es el principal alimento del amazonense.

Las festividades más importantes en aquel tiempo era el día de la patria del 7 de septiembre, con desfiles de las escuelas con sus uniformes y tambores; y el novenario a Santa Rita de Casia. En Semana Santa poníamos películas sobre la Pasión y se celebraba el via crucis. En Navidad se hacía una escenificación del belén y un concurso de villancicos tradicionales del nordeste, las “pastorinhas”, que hacían con creatividad, con disfraces y cánticos propios.

Recibimos pocas visitas, pero mientras yo estaba en Tapauá vino el obispo José Alvarez. Pasó varios días con nosotros, visitó a los apurinãs con los que asistió a una fiesta con sus danzas y cantos. Fue casi una despedida, porque poco después renunció por su salud. El provincial Agostinho Belmonte visitó todas las casas de la prelatura en su provincialato. También acogimos por dos veces a los médicos, profesores, asistentes sociales, técnicos de laboratorio e ingenieros llegados por el Proyecto Rondón, doce personas que convivieron con nosotros un mes.

Durante los seis años que pasé en la Prelatura, dos veces visité a mi familia, que vivía preocupada por mí; mi hermana, médico, trabajó varios años en el Instituto de Estudios de la Amazonia en Manaos. Pude tener mayor contacto con ella por medio de cartas.

Era acogido con cariño y con mucha curiosidad por oír cosas de la Amazonia. Preparé filminas para mostrar la grandiosidad de los ríos, su aspecto en época de lluvias y en época seca; la extracción del látex y la castaña; los viajes por los afluentes; las consecuencias de la lepra, con muchas personas mutiladas; las plantaciones de mandioca, maíz, alubias, sandías, melón, el proceso de preparación de las playas para plantar. Se esperaba con cariño al misionero. En nuestros ministerios hacía campaña y la gente colaboraba con mucha alegría.

Para mí fue una sorpresa conocer el Amazonas: un pueblo pobre pero solidario, humilde, sencillo, alegre incluso viviendo en infraviviendas flotantes o de tejado de hoja de palmera, sin división de cuartos, sin muebles, ni siquiera una silla, siempre durmiendo en la hamaca. Pero son increíblemente acogedores, y más con el misionero. Lo que más me llamaba la atención era la solidaridad, tanto en el trabajo, como en los sufrimientos y dolores; se percibía una conformidad ante todas las dificultades por las que pasaban, y son gentes realmente para admirar.

La llegada de la televisión comenzó a cambiar un poco las cosas; antes estaban completamente aislados, fuera de todo contexto del mundo circundante, pero a partir de ese hecho pudo ver y conocer otras realidades materiales, humanas, culturales o religiosas.

Antes de ir a la Amazonia había pasado por una parroquia y por un colegio. En la parroquia aprendí la acción pastoral, la importancia de la evangelización y de la liturgia, fiestas y sacramentos; en el colegio, cómo organizar un trabajo en equipo, distribuir asignaturas, enseñar disciplina, práctica del deporte y organización de secretaría, documentación y enseñanza. Todo fue muy útil cuando llegué a la Amazonia, con la educación como trabajo más urgente, y la evangelización como tarea a comenzar desde cero.

Ya en Canutama, el alcalde me nombró director de enseñanza, asumí el trabajo con tranquilidad y conseguí cuatro maestras en Manaos. También hice las gestiones para la visita de la Secretaria de Educación del Estado de Amazonas a la región. Esto me permitió después organizar y conseguir ayudas educativas en Tapauá, así como registrar la escuela Dom José Álvarez, el contrato de los misioneros como profesores, la llegada de material escolar…

No solo ayudé, también aprendí mucho con la solidaridad, la sencillez y, especialmente, la paciencia que tuve que practicar. Se trata de un pueblo sufridor y que confía a su vez en la acción de Dios, en su providencia y bondad. Nada nos impedía el trabajo, ni siquiera el riesgo de enfermedades y accidentes donde cualquier recurso médico solo se podía alcanzar tras cinco largos días de viaje por el Purús.

Nunca olvidaré esos años en Tapauá. Agradezco mucho la convivencia con aquel pueblo, el cariño y respeto por los misioneros que allí plantaron y plantan hoy semillas de unión, ciudadanía, amor, solidaridad, humildad, desde el reconocimiento de la importancia de Dios en la vida. Les pido que continúen trabajando para mejorar cada día, crecer en cada paso, siempre en familia.

Mando un saludo especial a nuestros hermanos apurinãs, que me dieron el nombre de Chiricari: no os olvidéis de fray Enéas, no os olvidéis de Chiricari. Otra palabra de cariño para las Oblatas por su trabajo. Y felicidades a todo el pueblo de Tapauá por su fe y devoción a Santa Rita de Casia. Que el Señor bendiga a todos.


Testimonios personales
Francisco Piérola


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