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Tapauá: 50 años construyendo Iglesia y Sociedad
Noviembre 2015

Capilla del Santo Soldado de Boca de Jacaré.

Historia y actualidad de la Parroquia de Santa Rita: Medio siglo construyendo parroquia

Antecedentes

En 1873 se había creado la feligresía de San Juan Bautista de Arimã en una comunidad a un día de navegación de la actual Tapauá, subiendo el Purús. Tenía una capilla de ladrillo. Durante años se pudieron visitar sus ruinas, más concretamente de su cementerio, con losas de mármol que poco a poco la selva comió. Hoy no queda nada. En Arimã fue enterrado el obispo Ignacio Martínez en 1942, tras fallecer no lejos de allí, en Nova Fe, por fiebres durante una desobriga. En 1949 sus restos se trasladaron a Lábrea. Durante los primeros años de evangelización, el sacerdote de Lábrea celebraba todos los años servicios religiosos en Arimã. Pero la violencia y la falta de ley precipitaron su abandono y quedó sin habitantes.

Martínez (obispo de Lábrea entre 1930 y 1942) fue el primero en poner por escrito la idea de fundar una parroquia en la región de Tapauá. Había pensado una hipotética división de la Prelatura, con una parroquia dedicada a Nuestra Señora de la Consolación en Paripi (Ave María) que abarcaría desde el río Tapauá hasta Tambaquí. La falta de personal relegó la idea.

En el territorio de Tapauá había tan solo cuatro capillas atendidas en las desobrigas primero desde Lábrea y, después, desde Canutama: la del Santo Soldado de Boca do Jacaré, la de Bom Jesus dos Passos de Tambaquí, la de San Francisco de Boca de Tapauá, el lugar más poblado hasta la fundación del municipio, y la de Jaburu.

Primera visita de las agustinas recoletas a Tapauá.

En 2010 las misioneras agustinas recoletas volvieron a visitar familias en la zona rural de Tapauá. Subida a la comunidad de Mapixí.

Imagen de la santa patrona en el templo parroquial de Santa Rita en Tapauá.

Nueva parroquia (1 de mayo de 1965)

La parroquia de Santa Rita fue erigida el 1 de mayo de 1965. La fecha se escogió por la celebración de los 40 años de la Prelatura de Lábrea y en homenaje al Vaticano II, cuya cuarta y última sesión comenzaba en septiembre de ese año. Cestaro hizo antes un viaje “iniciático” desde Nova Olinda hasta Paraná de Elba anunciando la creación de la nueva parroquia.

El obispo José Álvarez tardó en visitar la nueva parroquia por problemas de agenda; durante esos meses viajó a Roma para asistir al Concilio, participó de la ordenación episcopal de Alquilio Álvarez en Soure (Pará), y pasó por varias cirugías y visitas médicas. El 26 de septiembre de 1967 la ciudad le recibió engalanada con pancartas y compartió veinte días con los parroquianos. Tres meses después renunció por enfermedad. La Prelatura vivió una larga jornada de tres años sin obispo, hasta el nombramiento de Florentino Zabalza en 1971. El 26 de febrero de 1974 José Álvarez murió en Franca (São Paulo).

En julio de 1967 los parroquianos fueron testigos por primera vez del cariño y duro trabajo de las Misioneras Agustinas Recoletas de la comunidad de Lábrea. La madre Ángeles, una de las fundadoras de la congregación, junto con las hermanas María Inés, María Luiza, Ana María y Visitação dejaron un gran fruto pastoral y visitaron a todas y cada una de las familias.

El templo parroquial

La Prelatura compra la casa de Henrique Cordeiro en la plaza central de Tapauá por 80.000 cruzeiros (400 euros), muy elevado según los religiosos “considerado el deterioro completo de la casa”. Lo que más valoró Cestaro en su compra fue el terreno de la propiedad, 10 metros de frente sobre la plaza y 60 metros de fondo. Sirvió de primera capilla. Más tarde se comprarán dos casas más a Valdomiro Cordeiro (90.000 cruzeiros) y João Nogueira (50.000 cruzeiros), con lo que se amplió el terreno hasta su configuración actual.

Antes de la fundación de la parroquia, el obispo José Álvarez ya había pensado en su infraestructura. Por ello compra en São Paulo una estructura metálica por 725.500 cruzeiros, unos 3.500 euros de hoy. En Manaos se hacen cuestaciones, pues era impensable conseguir ayuda económica en Tapauá dada la situación de las familias. La estructura llega a Tapauá el 27 de abril de 1963. El desembarco no fue fácil; el cronista relata la indiferencia de las autoridades, que no ayudaron para llevar semejante peso barranco arriba hasta la zona de construcción.

El 18 de agosto de 1963 hubo un grave incidente. El armazón que aguantaba la estructura metálica cedió y cayó sobre los trabajadores; cinco salieron ilesos, pero uno perdió una oreja. La estructura no se rompió y se pretendió continuar con su uso. Sin embargo, tras tres años sin ser colocada y con las huellas del clima amazónico en su esqueleto, se procedió a su venta en Manaos, y la iglesia se levantó con la planta que tiene actualmente.

La imagen de Santa Rita la donó la parroquia de Lábrea. Antes había estado en el Educandário Santa Rita de la sede de la Prelatura. En 1963, con la iglesia sin terminar, se celebra por primera vez el día de la patrona. La efeméride es el 22 de mayo, pero se trasladó al domingo 19 para permitir la presencia de más personas. Al coincidir con el invierno amazónico, alto caudal de los ríos, la ciudad estaba casi vacía de hombres, ocupados en la pesca y la extracción de madera.

La situación de la iglesia es privilegiada dentro de la ciudad, pero para ello era preciso construir sobre una gran pendiente en su parte trasera. Originalmente tenía una sola torre. En diferentes reformas se ha ido ampliando, construyendo la segunda torre, mejorando su sistema eléctrico y de sonido, hasta llegar a ser hoy un hermoso y digno templo, orgullo de los católicos.

Diferentes estadios del templo parroquial de Santa Rita en Tapauá:













Primera y única visita de monseñor José Álvarez a la escuela parroquial de Tapauá, que llevaba su mismo nombre.



El edificio de la escuela poco antes de ser demolido para la construcción del salón parroquial.





Casa de la comunidad religiosa agustino-recoleta de Tapauá.

La escuela parroquial

Cuando la iglesia estaba construida, un episodio puso más tensión en las relaciones entre católicos y evangélicos. Milton Rosas, patrocinador de los misioneros evangélicos, tenía alquilado al Ayuntamiento un terreno vecino a la nueva iglesia. Durante años no había pagado el alquiler ni las tasas referentes a la opción de compra preferente. Al ver que se había levantado la iglesia católica, puso de nuevo interés en el terreno con la idea de levantar un templo evangélico paralelo en confrontación directa con los católicos.

Los religiosos recoletos, al enterarse, pidieron al Ayuntamiento que el terreno fuese donado a la iglesia católica para la construcción de la ya entonces proyectada escuela parroquial, con la idea de evitar que los dos templos estuviesen juntos.

El Ayuntamiento tuvo que dirimir la cuestión. Promulgó en abril de 1964 una ley por la que todos los terrenos públicos alquilados de los que no se hubieran satisfecho los pagos o que no se hubiesen usado de forma útil durante más de un año volverían a su gestión; y en ese mismo día, publicó otra determinación donando ese terreno en concreto para construir una escuela.

Tapauá tenía “un ambiente social impregnado de vicios, donde los menores y adolescentes se forman en una escuela de inmoralidad y fiestas continuas, digo, frecuentes”. Y así la educación pasa a ocupar un lugar preferencial en su esfuerzo. “Con las maderas que están aquí y las láminas de tejado [enviados para la casa parroquial], haremos la construcción de la escuela José Álvarez; estamos entusiasmados con la idea”, escribieron al obispo el 15 de marzo de 1964.

La casa de la comunidad

La antigua casa comprada a Henrique Cordeiro se vació por dentro y se dividió en dos: una amplia sala de cuarenta metros cuadrados y una sacristía separada que servía de dormitorio para Cestaro. En ella vivió once meses, hasta febrero de 1964. Más de una noche de lluvia tuvo que pedir asilo por las goteras. Cuando llegó Novacki, pasaron a vivir a un espacio cedido en los fondos del Ayuntamiento, donde había un cuarto, una sala, cocina y baño preparados para el alcalde, que usaba otra residencia y se les permitió trasladarse. Como se ha indicado, los recursos para la casa se los había llevado la construcción de la escuela parroquial.

Cuando le llegó el turno a la casa de la comunidad, las sobras de las dos construcciones anteriores, junto con más material donado por la comunidad de Lábrea, sirvieron para iniciar el proyecto. También hubo generosas donaciones de los habitantes del cercano lago Jacinto; uno de sus habitantes, Camilo, donó gran cantidad de madera para la casa; y cuarenta años después, la misma persona donó el terreno y madera para la Casa de Retiros Casisiaco.

La construcción de la casa fue una odisea: la descarga y traslado a mano de la madera y 4.500 ladrillos; los accidentados viajes para comprar materiales; el contrato de un maestro albañil de Manaos que huyó sin terminar el trabajo y con el dinero contratado; los problemas con los trabajadores de la constructora, que denunciaron a su patrón ante la justicia; la hernia inguinal que sufrió Cestaro por cargar vigas… La llegada de Enéas Berilli y sus aptitudes como constructor permitieron que el 20 de julio de 1965 se inaugurase oficialmente la casa.

En 1995, dado que la casa está sobre una fuerte pendiente, se hubo de dar solución a los deslizamientos de tierra y se construyó un muro contenedor, se añadieron más columnas, se cambiaron cañerías y se hizo una capilla. En 1998 se añade un baño a cada una de las cuatro habitaciones, y en 2004 se pintó toda la casa y se instaló aire acondicionado. Uno de sus problemas constantes en el tiempo ha sido la anidación de murciélagos bajo el techo.

Es, sin duda, una de las casas más llamativas de las comunidades recoletas en todo el mundo; por su forma y distribución sumamente práctica, por su unión con la naturaleza circundante y porque, pese a estar en el centro de la ciudad, la sensación es que se está en mitad de la selva amazónica. Los religiosos comen cada día teniendo a su vista, tan solo, un inmenso bosque.

Casa de la comunidad religiosa agustino-recoleta de Tapauá:






En primer plano, la iglesia matriz de Santa Rita; detrás de la torre izquierda, el salón parroquial.


La casa de la comunidad religiosa, en la parte de atrás del templo matriz.


Hoy es Plaza de Raimundo Andrade, pero su primer nombre fue Monsenhor Inácio. La Iglesia Católica tiene aquí la secretaría parroquial, el estudio y la antena de la radio comunitaria Educativa, las salas de catequesis, la iglesia matriz y el salón parroquial; y detrás del templo parroquial, la casa de la comunidad.

El complejo parroquial hoy

El complejo parroquial de Tapauá está hoy repartido por toda la sede municipal y alberga edificios para múltiples servicios. En la gran plaza central, además del templo matriz y la casa de los religiosos, hay algunos edificios más que cumplen con diversas funciones. El salón parroquial está situado en el centro de la plaza y da al gran mirador sobre el encuentro de las aguas oscuras del río Ipixuna con las aguas marrones del río Purús, que durante varios centenares de metros no se juntan y discurren en paralelo en un fenónemo conocido como “encuentro de las aguas”.

Tras su construcción en los 70, este salón se usó para todo tipo de eventos. Ha sido el palco principal de las fiestas de la patrona, ha acogido a la juventud, ha ofrecido espacio para las catequesis de los sábados, ha sido alquilado por temporadas a proyectos sociales del Estado de Amazonas por la erradicación del trabajo infantil (PETI)… En 2010 se reformó y reforzó.

Al lado izquierdo del templo se levantaron las salas de catequesis y de reuniones y encuentros pastorales, que además albergaron al Centro Esperanza en sus inicios. En 2005 se les añadió un segundo piso y se llevó hasta allí la secretaría parroquial y el estudio de la radio. Son diez salas con nombres agustinianos o ligados a la historia de la Prelatura: Dom Florentino, Dom Ignacio Martínez, Fray Mario Sabino, Fray Jesús Pardo, Hermana Cleusa, San Agustín, Santa Mónica, Santa Magdalena de Nagasaki, San Nicolás de Tolentino, San Ezequiel Moreno.

En Tapauá hay cuatro templos católicos más, con sus salas de catequesis, para las comunidades de base en que se ha dividido el espacio urbano. Están dedicados a San José, San Agustín, Nuestra Señora de Aparecida y San Juan Bautista. Han tenido un inmenso papel de articulación de los barrios y albergado multitud de tareas sociorreligiosas como la pastoral de la infancia, las visitas a enfermos, o la labor de liderazgo de los ministros de la palabra y de la comunión como guías y buenos conocedores de su propia gente, desde la autogestión. Ya se entrevé la necesidad de una nueva comunidad con sus infraestructuras en el barrio Río Purús, el más nuevo y cercano al aeropuerto, que ha crecido de manera espectacular en los últimos quince años.

El Centro Esperanza nació usando las mismas salas que las catequesis, pero pudo contar con un nuevo edificio y una cancha deportiva cubierta en el barrio de Açaí, el más poblado de la ciudad.

Fuera de la ciudad, a unas dos horas por barco y 20 minutos en lancha rápida, está la Casa de Retiros Casiciaco. Es un lugar privilegiado y una de las estampas más paradisíacas de todo el complejo parroquial; un puerto flotante en el tranquilo Lago Jacinto recibe a las personas, que tras subir por una escalera de madera llegan a una amplia edificación con cocina, baños y una sala techada de paredes abiertas a la inmensidad de la selva y con vistas al lago.

Las salas de catequesis, a la izquierda del templo parroquial, en diversos estadios, antes y después de su ampliación:




  • Iglesia matriz, salas de catequesis, oficinas de la secretaría parroquial y estudio de la radio Educativa.


Las embarcaciones

Puede parecer extraño aquí este apartado, pero tiene su explicación: el río Purús es “autopista central” que articula la zona rural con el centro urbano y única vía no aérea de salida y llegada desde el exterior. Los misioneros han vivido buena parte de su tiempo en los barcos, son parte esencial de su trabajo, segunda casa, y uno de los elementos que más recursos han consumido.


El barco Santa Rita en el Purús.

Aquel primer “viaje iniciático parroquial” lo hizo Cestaro en una canoa motorizada de la parroquia de Canutama llamada Archímedes (Arquímedes). También usaba barcos de vecinos y amigos. Pero en seguida se vio la necesidad de una embarcación propia para organizar las visitas de una manera metódica y con el objetivo único de evangelización. La primera llegó a mediados de 1964; los recoletos supieron que Mario Maia de Souza, un buen amigo de la región de Abufarí, vendía una de sus canoas. Cuando negociaban la compra, Mario la ofreció gratuitamente y aún dio 5.000 cruzeiros para los arreglos que necesitase. Se le dio el nombre de Missionária [Misionera] y le pusieron el motor del Archímedes, cedido ya permanentemente.

Esto les permitió avanzar en el plan de visitas. Los habitantes del río Jacaré recibieron por primera vez a los misioneros agustinos recoletos a partir del 2 de junio de 1964. La miseria que encontraron acabó escrita en los periódicos; hasta vieron la insólita muerte por hambre de un perro. Distribuyeron leche en polvo, harina de maíz y trigo de los envíos de Cáritas: “Lo más lamentable es que todos vivían sepultados en una fosa de deudas con los patrones y sin ninguna esperanza de liberación económica; vivirán como esclavos toda su existencia”. También visitaron los ríos Tapauá, Cunhuã y Piranhas. Anotaron la frecuencia con que les hablaban de vestigios de una tribu desconocida, primera referencia escrita sobre los zuruahã.

Desde entonces, las embarcaciones de la parroquia han sido varias y de todo porte, como variada ha sido la procedencia de los recursos para tenerlas y mantenerlas. En 1995 se construye de estructura nueva y nuevo motor el barco Santa Rita, con fondos donados por una familia de Ivybridge (Devon, Inglaterra). Diez años después fue ampliado con un segundo piso.

La Parroquia y algunos de sus servicios más centrados en la zona rural, como la Pastoral de la Tierra, la Pastoral Indigenista o la Pastoral de la Infancia, han contado también con diversas lanchas rápidas con motores fuera borda.

Un barco no solo es caro de hacer, sino especialmente de mantener. Requieren de un cuidado constante, mantenimiento, pintura y calafateado, toneladas de combustible y aceites, personal cualificado y con un conocimiento profundo del río, afluentes, atajos que aparecen cuando las aguas están arriba y ahorran horas de navegación. Y todo ello hay que pagarlo.

También han dado sustos. En la Prelatura de Lábrea un religioso ha fallecido por un accidente de barco, Mario Sabino. El actual obispo, Jesús Moraza, siendo párroco de Tapauá y tras visitar Canutama, tuvo un percance que casi lo lleva a pique en julio de 1988. No pocas veces, más de las que se piensa y se han relatado por escrito, ha habido momentos de grave peligro, accidentes e incidentes inesperados, averías y necesidad de esa solidaridad del río, siendo acogidos o acogiendo a familias, enfermos y otros navegantes con problemas.

Ha habido sustos de otro tipo, algunos muy recientes, que incluyen desde el registro del barco porque la policía ha sospechado que traficaba droga (¡!) hasta su paralización por falta de permisos de la embarcación o del conductor del barco.

En todo caso, y siempre, la llegada del barco de la Parroquia a una comunidad rural supone manifestaciones de alegría, de felicidad y de hacer a las personas sentirse queridas y atendidas en un hábitat que las condena al aislamiento y la soledad. La segunda casa de los religiosos navega llevando en sí los valores del carisma agustino-recoleto, que incluyen la amistad y la acogida.

Historia y actualidad de la Parroquia de Santa Rita
La presencia en la región rural


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