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San Agustín
Ilustración: San Agustín: Toma y Lee.
Palomares, México D.F.


Ante todo, queridos hermanos, amemos a Dios; después, también al prójimo, porque éstos son los mandatos principales que se nos han dado. [La Regla]


Premisa (*)
Mosaico de Claudio Pastro. Semin√°rio Santo Agostinho. Maring√°, PR (Brasil).


Dibujo, de Rafa Nieto. Marcilla, Navarra (Espa√Īa).
La conversi√≥n de san Agust√≠n fue, en cierta manera, una conversi√≥n a la vida religiosa. Un par de a√Īos antes de la escena del huerto de Mil√°n, siempre que dicha escena sea hist√≥rica, Agust√≠n era ya creyente. Cre√≠a en Dios, en su espiritualidad; en Cristo, camino, verdad y vida. Cre√≠a ‚Äúen la espiritualidad del alma y en su condici√≥n de imagen de Dios y en la autoridad de la Iglesia, como representante de la verdadera religi√≥n‚ÄĚ (1). No era, pues, la duda intelectual la que atenazaba su alma; y ni siquiera la exigente moral de los cristianos. Catorce a√Īos de fidelidad a una mujer constitu√≠an una buena garant√≠a de que no habr√≠a encontrado excesivamente dif√≠cil una honesta vida conyugal. Adem√°s, Agust√≠n hab√≠a dado ya algunos pasos por el camino de la generosidad. Ahora combat√≠a en otro frente, que bien podemos llamar asc√©tico.

En la primavera del 386 Agust√≠n ten√≠a 31 a√Īos, era un prestigioso profesor de ret√≥rica en la escuela imperial de Mil√°n y estaba a las puertas de la riqueza y de la gloria. Pero no era un hombre feliz. Los fil√≥sofos neoplat√≥nicos le hab√≠an mostrado los l√≠mites de las esperanzas terrenas y la biblia hab√≠a encendido en su alma el amor a la castidad perfecta. Pero la tiran√≠a de la costumbre encadenaba su voluntad y le imped√≠a abrazar la continencia y correr al encuentro de la sabidur√≠a. En esa situaci√≥n recibi√≥ la visita de Ponticiano, coterr√°neo suyo y ‚Äúcristiano de largas y frecuentes oraciones‚ÄĚ. Ponticiano le cont√≥ la vida de san Antonio Abad, del que Agust√≠n nada sab√≠a, y le habl√≥ de las falanges de monjes que poblaban los desiertos de Egipto. En Tr√©veris mismo unos cortesanos acababan de dejar a sus novias para consagrarse a Dios en la vida mon√°stica. La narraci√≥n se clav√≥ en su alma, desencadenando en ella una tempestad que sacudi√≥ su cobard√≠a, le despeg√≥ de la carne y le condujo a la victoria final. ‚Äú¬ŅQu√© es lo que nos pasa, qu√© es lo que has o√≠do? ¬°Se levantan los ignorantes y arrebatan el cielo; y nosotros, con todo nuestro saber, faltos de coraz√≥n, nos revolcamos en la carne y en la sangre! ¬ŅAcaso porque nos preceden nos da verg√ľenza el seguirlos y no nos ruboriza el quedarnos atr√°s?‚ÄĚ (Confviii,19). El combate no hab√≠a concluido, pero el sentido de su desenlace estaba ya decidido. La voz infantil, que le trajo el recuerdo de Antonio, y las palabras del Ap√≥stol (Rm 13, 13-14) rasgaron las √ļltimas ataduras de la carne y le depositaron en brazos de la continencia.

En adelante Agust√≠n no ser√≠a nunca un cristiano ordinario. La lucha le hab√≠a renovado y sali√≥ de ella ‚Äúsin deseo de mujer ni esperanza alguna en este siglo‚ÄĚ (Confviii, 12, 30). A las riquezas hab√≠a renunciado hac√≠a ya 13 a√Īos. Del combate sali√≥ convertido en asceta, en fil√≥sofo cristiano y quiz√°, aunque de modo inconsciente, en monje: el monacato le hab√≠a mostrado el modo concreto de realizar sus antiguos deseos de consagrarse a la sabidur√≠a en compa√Ī√≠a de un grupo de amigos.

Desde este momento hasta su muerte Agust√≠n vivi√≥ siempre en contacto m√°s o menos consciente e intenso con el monacato. A pesar de ello el mundo de la cultura margina de ordinario este aspecto esencial de su personalidad. Siguiendo las huellas de Erasmo, se resiste a encasillarlo entre los monjes y prefiere concentrar su atenci√≥n sobre su figura de obispo, sabio o polemista. La postura puede parecer razonable, pero olvida que Agust√≠n fue monje por propia elecci√≥n, mientras que a sacerdote, obispo y polemista s√≥lo lleg√≥ arrastrado por las circunstancias. Su amor a la vida religiosa fue tan profundo que nunca quiso renunciar a ella. Agudiz√≥ su mente en la b√ļsqueda de modos de conciliarla con sus deberes pastorales y le convirti√≥ en uno de sus m√°s grandes impulsores e innovadores. Con su vida, escritos y disc√≠pulos contribuy√≥ a liberar al monacato antiguo de la supervaloraci√≥n, pelagiana ante litteram, del ascetismo y de no pocas de sus extravagancias, lo acerc√≥ a la mentalidad occidental y le abri√≥ horizontes impensados. Nadie como √©l ha contribuido a liberarla de los peligros del ensimismamiento y a franquearle las puertas del sacerdocio, de la cura pastoral, de las misiones y de la cultura (2).



(*) (1) Bibliografía:
‚ÄĒ Los cuatro primeros apartados se basan en los escritos mon√°sticos de san Agust√≠n y en las investigaciones de T. van Bavel (1959), A. Manrique (1959, 1964), J. Gavigan (1962), Luc Verheijen (1967, 1980 y 1988) y A. Zumkeller (1968). Tambi√©n he usado las biograf√≠as de Brown (1967) y Mandouze (1968) y otros estudios de Mon√ßeaux (1931), Folliet (1961), Sanchis (1958, 1962), R. Lorenz (1966), Cilleruelo (1966), Trap√© (1971), Lawless (1987) y otros autores.
‚ÄĒ √öltimo apartado: Dickinson (1950), Dereine (1953), Vilanova (1959, 1983), Siegwart (1962, 1965), los diversos estudios del volumen miscel√°neo La Vita comune  (1962), Fonseca (1970), De Vog√ľ√© (1972, 1983), Villegas (1974), Villegas-De Vog√ľ√© (1976), De Seilhac (1974), Mund√≥ (1982), Linage Conde (1982), Gr√©goire (1982), Milis (1979, 1980), Mart√≠nez Cuesta (1987) y Chatillon (1992).
‚ÄĒ Victorino Cap√°naga, Agust√≠n de Hipona, maestro de la conversi√≥n cristiana, Madrid (bac maior 9) 1974, 43.

(2) Basil Steidle, Die Regel Hl. Benedikts, Beuron 1952, 20-21.
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